Los estándares son siempre obsoletos. Eso es lo que los hace estándares”
— Alan Bennett
— Alan Bennett
Gran parte de mi día la paso en un salón de clases, conviviendo con jóvenes e involucrándome en mucho de lo que ellos forman parte. Sin duda alguna una de estas temáticas es la relacionada con las bondades y maldades (por llamarlo de alguna manera) de los dispositivos de comunicación móviles; y que conste que en esta ocasión no hablaré de redes sociales. Ese tema da mucha más tela.
Hace una semana estuve, como desde hace 9 años, en un concurso académico a nivel nacional en el que participan los bachilleratos afiliados a la Universidad Anáhuac, y es el primer año en el que fui no sólo testigo sino participante de esto, que aunque no es tan nuevo, muchos llaman la nueva era educativa-digital, o una nueva forma de comunicación omnisciente u otros nombres igualmente peculiares: BlackBerry o IPod cual extensión de la persona.
Muy cierto, desafortunadamente me tocó ver cómo en prácticamente todos los eventos que se realizaron (concursos de declamación, oratoria, debate, cortometrajes entre otros) el 80% de quienes estaban entre el público, utilizaban su BlackBerry o su iPod para chatear, ver fotos y más, olvidándose gran parte del tiempo de lo que estaban haciendo ahí sentaditos en las butacas, ¿falta de respeto para quien está sudando gordo después de meses de preparación? Definitivamente. Me tocó ver grupos de jóvenes sentados ya fuera en algún jardín de la universidad sede o en el área de restaurantes en amena charla sí, con quien tenían junto, pero también con quien estaba al otro lado de la pantalla, que incluso un par de veces comprobé, estaba en el mismo grupo, quizá un par de metros alejado. Si pensamos que uno de los objetivos de este tipo de eventos es precisamente la convivencia, pues sí, tendré que poner un tache en este renglón.
Quiero suponer que en los mismos auditorios había gente que estaba dando un uso distinto a sus celulares; probablemente si alguien me vio, ahora estará comentando que había cierta responsable de delegación que duro y duro se empeñaba con su BlackBerry. Me confieso culpable, y sólo quizá para utilizar algún argumento de descargo diré que mi relación con la tecnología durante los concursos era meramente de tipo profesional: este año cambié la consabida libreta y pluma en donde realizo mis anotaciones sobre los proyectos y participantes por la aplicación de “Documents to go” .Este año renuncié a la labor de marcar a 12 números diferentes de celular para dar algún aviso o quedar en algún punto de reunión. Sólo hizo falta dar de alta un grupo en el Messenger con los pins de las asistentes y con enviar un solo mensaje… ¡voila! El proceso emisor-mensaje-receptor multiplicaba sus beneficios; y finalmente, este año renuncié a tratar de conseguir por todos los medios a altas horas de la noche los resultados de los participantes finalistas para saber si mis alumnas competirían o no la mañana siguiente. Sólo hizo falta dar de alta las cuentas oficiales del evento en Twitter y Facebook para recibir en tiempo real este tipo de avisos; incluso, gracias a esto mismo fue posible recuperar en cuestión de pocas horas, precisamente un teléfono que había sido olvidado en uno de los auditorios; un tuit aquí, un retuit por allá y teléfono y dueño se reunieron nuevamente.
En el salón de clases sucede algo similar. Es un hecho que muchos docentes se están enfrentando a la labor titánica de permear en la mente de un joven que además de todas las “bondades” que su edad implica, ahora parece hipnotizado por saber qué está pensando quién sabe quién a quién sabe cuántos kilómetros de distancia. Que está preocupado porque envió un mensaje a su amado o amada y desde hace más de una hora el mensaje tiene una “R” (para quienes son neófitos en esto, una R junto a un mensaje quiere decir que el destinatario ya leyó el mensaje) y aún no ha respondido. Estoy en total desacuerdo con la frase dicha por el Lingüista canadiense Alan Waters en el “ELT Journal” publicado por Oxford University Press. “Cualquier maestro que puede ser reemplazado por una computadora, merece serlo” No se trata de hacer elegir a los jóvenes estudiantes entre uno u otro. No se trata de que ahora el docente deba pararse de cabeza para captar la atención de un grupo. Debe, definitivamente existir una conciencia creada en casa, promovida por padres, maestros y los mismos jóvenes de cuándo sí y cuándo no. Lejos de existir una consigna por fumigar las aulas de cualquier “aparatejo endemoniado” es posible, y de hecho necesario, volver parte de las mismas clases a la tecnología. Podría en este momento, nombrar diferentes aplicaciones que han sido parte de mis clases de Inglés, de Lectura Crítica e incluso de Historia del Arte. No podemos pensar en ir contra corriente, sin embargo, es un hecho que cuando tú le preguntas a un estudiante de qué manera y en qué momentos es posible utilizar estos dispositivos, más de una respuesta te sorprenderá agradablemente.
En fin, no sé si es por la sequía de este blog en las últimas semanas, por lo apasionante que el tema me resulta o porque de verdad es necesario que abramos espacios de análisis y discusión respecto al tema. Me encantaría seguir escribiendo pero no es viable, así que si algún colega docente, padre de familia desesperado, o joven incomprendido desea entrar al debate, estoy segura que sus comentarios serán bien recibidos y compartidos.

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